Un hombre rico quiso poner a prueba la honestidad de un vecino humilde al que consideraba demasiado reservado. Una tarde, mientras ambos coincidían en la plaza del pueblo, el acaudalado le dijo con aire desafiante: -Dime buen hombre, si yo te diera el veinte por ciento de todo el oro que poseo, ¿me adularias? -El hombre pobre lo miro con serenidad y respondió: -No lo haría, señor. El reparto seria demasiado desigual para que usted mereciera cumplidos. El rico, intrigado por aquella respuesta, insistió : -¿Y si te diera la mitad de mi extensa fortuna? -Entonces -replico el otro-seriamos iguales, y entre iguales no hay necesidad de halagos, sino de respeto. Molesto, el rico trato de acorralarlo: -¿Y si te diera todo mi oro? El hombre pobre sonrió y dijo: -En ese caso, seria yo el rico, y usted el necesitado .¿Porque habría de adularle entonces?
El valor de una persona no se mide por su riqueza, sino por su integridad. La verdadera grandeza esta en conservar la dignidad. El dinero es efímero, pero la honestidad no tiene precio.
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